Primeros pobladores
A lo largo de la prehistoria, se sabe que el territorio hoy conocido como Galicia estuvo poblado. Existen numerosos restos de la actividad humana de la época, aunque hay pocos restos óseos.
Gracias a las fuentes literarias romanas y griegas, podemos darle nombre a los primeros pobladores de «Galicia»: los oestrymnios. Esta población se correspondería con el Bronce Final. Con anterioridad a esta población, las fuentes antropológicas y arqueológicas, hablan de una mezcla de distintos sustratos raciales en el territorio: cromañoide, mediterráneo y diferentes elementos de origen nórdico.
Como en cualquier otro territorio, el Neolítico supone también una revolución y un cambio en los modos de vida: se pasa a una economía productora (frente a la depredadora-recolectora anterior). Aquí coincide esta revolución con la cultura megalítica, que tantos restos ha dejado, especialmente en forma de dólmenes. Esta cultura se desarrolla a lo largo del tercer milenio a.C.
Alrededor del 1900 a.C. se desarrolla la Edad del Bronce, llamada así por la combinación de metales utilizada para sus herramientas (cobre, estaño y plomo). Galicia es muy rica en estaño, por lo que se convierte la zona en un foco metalúrgico, de fabricación de instrumentos y comercialización de los mismos. Más allá de la relación con el metal, la sociedad de la época basa su economía en el cereal y en la explotación de ganado domesticado. Numerosos pretoglifos y pinturas rupestres pertenecen a esta época.
Poco a poco, el bronce será sustituído por el hierro. De la mano de este material, comienza la Edad de Hierro. A partir del siglo VI a.C. —y hasta el siglo VI— se desarrolla la cultura castrexa , fruto de la fusión de elementos autóctonos, la definitiva sedentarización de la población y ciertos elementos culturales traidos por diversas olas desde Centroeuropa. Por supuesto, el elemento más destacado de la cultura castrexa es su forma de asentamiento: el castro.


Cultura galaico-romana
La incorporación de Galicia la Imperio Romano data de época del emperador Augusto y nunca se realizó de un modo completo, pues se fusionaron muchas instituciones socialesy culturales propias con las pautas procedentes de la cultura romana. Aunque, es obvio, que el territorio sí sufrió diversas transformaciones.
El primer cambio es la adopción del nombre de ‘Gallaecia‘ (derivado del nombre de la tribu de la zona ‘callaici’). El territorio adquiere rango de provincia romana en el s. III, de la mano de la reforma del emperador Diocleciano. La segunda transformación afecta a las bases económicas de la población, gracias a la estabilización de la agricultura y a la organización en base a ‘villae‘ (explotaciones agrícolas de tipo estable, dirigidas por un propietario romanizado), así como a la explotación de los recursos minerales. No podemos olvidarnos de la fuerte influencia del latín en la formación del gallego ni de la llegada del cristianismo, también traído del a mano de los romanos. Así, en la confluencia entre las tradiciones indígenas y la impronta romanizadora, se crea la sociedad galaico-romana.
La conquista romana se da en varias etapas, dando comienzo en el año 137 a.C., cuando Décimo Junio Bruto llega al territorio que hoy se conoce como Galicia. Este general habría establecido una guarnición en la actual Valença. Dentro de esta primera fase de romanización, tendrían lugar, posteriormente, varias expediciones de Lusitania (Portugal) hacia el norte. Entre ellas, destaca la que llevó a Julio César al frente, alrededor del año 60 a.C. y que llegaría a Brigantium.
Ya en un segundo momento, en el contexto de las guerras Cántabras y en época de Augusto, a finales del s. I a. C., el propio emperador dirige expediciones de conquista en el noroeste peninsular. Después del 19 a.C., fin de las guerras cántabras, el territorio ‘galaico’ queda adscrito a la provincia de Lusitania, primero, y a la Hispania Citerior, seguidamente. Se crean tres ciudades en territorio galaico: Bracara Augusta (Braga), Asturica Augusta (Astorga) y Lucus Augusti (Lugo). Serán el triángulo básico de la Galicia romana, capitales de los tres conventos gallegos: distritos en que se basla la organización administrativa romana, así como religiosa y jurídica.

(Fuente: http://asiahistoria.blogspot.com)

(Fuente: Villares, R.; «Historia de Galicia»)
Es fundamental también la red de comunicaciones establecida por los romanos en forma de vías o calzadas. Las vías principales que atravesaban el territorio de ‘Gallaecia’ fueron descritas y numeradas, al principio del siglo III, en el «Itinerario de Antonino«. Las citadas vías eran cuatro. En primer lugar, la Vía XVII, que une Braga y Astorga. La vía XVIII, une las dos mismas ciudades que la anterior y en sus cercanías destacan importantes mansios (como Aquis Querquennis -Bande- o Salientibus -Baños de Molgas-). Por su parte, las vías XIX y XX unen Braga y Lugo, siguiendo la segunda de ellas un trazado por la costa, que le da la denominación «per loca maritima».
A nivel artístico y constructivo, fue muy importante la huella romana. En este sentido, destacan especialmente la Torre de Hércules y la ciudad de Lugo, con su imponente muralla.

Cristianización
A finales del siglo III, se inicia una época de crisis y transformaciones que acabaría derivando en el fin del Imperio Romano. En este contexto, Gallaecia es ya una provincia con entidad propia y que ha asumido plenamente la cultura romana (de hecho, Gallaecia había llegado a ser una de las provincias más cultas de la Hispania romana). Es ahora cuando tiene lugar la penetración del cristianismo en la zona.
En el proceso de cristianización, destaca la controvertida figura de Prisciliano, iniciador de un movimiento religioso caracterizado por una fuerte tendencia ascética. Este movimiento tuvo gran acogida en Gallaecia, especialmente entre el campesinado recientemente cristianizado, hasta la severa reforma de San Martiño de Dumia.
Aunque fue considerado herejía, el priscilianismo colaboró en gran medida a la cristianización del territorio rural de la zona y sentó las bases para el desarrollo del monacato, fundamental en la Edad Media.
El reino suevo de Galicia
En la caída del Imperio Romano tiene mucha importancia la amenaza de los pueblo germánicos. Uno de estos pueblos fue el suevo que, en compañía de vándalos y alanos, atravesó el Danubio en el año 406 y pronto llega a Hispania. Cinco años después, se sabe que el emperador Honorio asigna la provincia de Gallaecia a los suevos como ‘foedus‘ (tratado bilateral).
El asentamiento suevo en Gallaecia, concretamente en la región bracarense, se realiza de forma pacífica y buscando la fusión con la sociedad galaico-romana. Dicha fusión parece probarse tanto por las campañas bélicas iniciadas en el año 429, como por la conversión al cristianismo de los arrianos suevos, en el año 448. La política expansionista sueva acaba con la derrota de los suevos a manos de los visigodos en el 456 (batalla de Órbigo), momento a partir del cual el reino suevo pasa a depender de los visigodos.
En el año 550 llega al territorio galaico un destacado personaje de la historia de Galicia: San Martiño de Braga, monje que sería consagrado obispo de la diócesis de Braga en el año 556. Esta figura asienta la fortaleza cultural de la zona bracarense, activa una profunda recristianización de galicia (especialmente centrada en la lucha contra herejías y tradiciónes paganizantes) y establece una organización eclesiástica en Gallaecia. En este último aspecto, se crean numerosos monasterios y sedes episcopales, a la vez que se celebran diversos concilios. Así, la figura de Martiño de Braga y de la iglesia cristiana en general fue decisiva para la estructuración de la sociedad galaico-sueva en torno a la vida monástica, esparcida por todo el territorio.

Primeros pasos hacia la sociedad feudal
Después de los romanos, tras las influencias sueva y visigoda, así como la invasión de la Península Ibérica por parte de los árabes, llega la recuperación del territorio gallego por los monarcas cristianos (a manos de Alfonso I, durante el siglo VIII) y se inicia una reordenación del espacio. A las influencias citadas, se añaden la que pudieron ejercer los normandos y viquingos vía marítima, a la hora de conformar el crisol de influjos que existieron sobre el territorio.
Durante los siglos IX y X, en Galicia tiene lugar una nueva organización —con la agricultura como eje central— basada en el establecimiento de nuevas relaciones sociales y en la dispersión de las villas como núcleo básico de asentamiento de una población rural numerosa y dinámica. Estas villas como grandes explotaciones agrícolas, eran dirigidas por un propietario. La explotación directa era lo habitual, mediante trabajadores domésticos y siervos. Se establecen también nuevas relaciones sociales entre una minoría de grandes propietarios y una gran mayoría de campesinos. Así, se sientan las bases de un sistema señorial y la progresiva concentración de la propiedad de la tierra, en manos de los nobles, ya sean laicos o religiosos. De hecho, el papel de la Iglesia y, con ello, de los monasterios es cada vez más decisivo.
La inventio del sepulcro de Santiago
A principios del siglo IX, durante el reinado Alfonso II el Casto, en un lugar deshabitado y vecino a la iglesia de San Fiz de Solovio, son descubiertos unos restos que se identifican con el sepulcro de Santiago el Mayor. Este descubrimiento propicia la creación de un nuevo centro de peregrinación, la consturcción de un núcleo urbano y la difusión del culto jacobeo.

(fuente: http://catedraldesantiago.es/catedral/)
La presencia normanda en Galicia
Entre los siglos IX y XII, Escandinavia se convierte en una potencia naval, comercial y militar. Estas gentes lanzaron periódicas expediciones comerciales, de saqueo y de conquista. Galicia no fue una excepción, aunque estas incusriones no tuvieron tanta fuerza como en otros países. El estudio de la presencia de los vikingos en Galicia es problemático debido a los pocos datos, aunque sí existen referencias en diversas crónicas y en las propias sagas nórdicas. Sí se conocen, además de otras consecuencias, restos arqueológicos —de los que son uno de los mejores ejemplos las Torres del Oeste, de Catoira—, así como topónimos y huellas en el folclore.
